Categoría: Lo que dicen…

  • Juanita antes del primer capítulo…

    Me llamo Juanita. Nací a finales de los ochenta y últimamente cargo buena parte de mi vida dentro de una carpeta.

    Hay actas viejas, copias, fotografías, notas, grabaciones y papeles que sólo tienen sentido cuando se ponen unos junto a otros.

    Aquella mañana salí de una oficialía de la localidad, cerca de un mercado del centro, y caminé hasta un templo antiguo. Me senté unos minutos a mirar pasar gente.

    Para todos era un día cualquiera.

    Para mí, la historia había retrocedido hasta mediados del siglo XIX.

    Había llegado hasta ahí siguiendo nombres de mi propia familia. Un nacimiento llevaba a un matrimonio; un matrimonio, a otro registro; y cada generación parecía sostenerse sobre la anterior.

    Hasta que encontré la grieta.

    Una niña de unos ocho años aparecía casada con un hombre de más de veinte.

    En el papel, sin embargo, ella tenía dieciséis.

    Ocho años añadidos bastaron para convertir algo imposible en una historia familiar aparentemente normal.

    Después vinieron los hijos.

    Los nietos.

    Más nombres.

    Más papeles.

    Hasta llegar, más de un siglo después, a mí.

    Por eso ahora conozco oficinas que nunca imaginé visitar, tribunales donde jamás pensé entrar y funcionarios cuyos nombres terminé aprendiendo de memoria.

    Cada vez que intento llegar al principio ocurre algo nuevo en el presente.

    Un papel falta.

    Una respuesta no responde.

    Alguien manda el asunto a otro lugar.

    Una versión contradice a la anterior.

    Y lo que comenzó como una búsqueda familiar termina mezclándose con problemas que, en apariencia, no tienen relación entre sí.

    A veces pienso que nadie intenta impedir nada.

    Que simplemente así funcionan las cosas.

    Otras veces cuesta creer en tantas coincidencias.

    Levanté la mirada hacia el templo.

    En algún punto de aquella ciudad, hace alrededor de ciento sesenta años, alguien escribió que una niña tenía una edad que no tenía.

    Quien lo hizo probablemente murió sin imaginar las consecuencias.

    Yo, en cambio, sigo viviendo dentro de ellas.

    Y cada vez estoy más cerca del principio.

    Juanita © 2026 by Juan Daniel Batista Chávez is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International

  • 15 y 16 de marzo de 2026.

    La mañana del 15 de marzo de 2026, ayer, antes de las 8:00 de la mañana, ocurrió algo que todavía cuesta procesar.

    El pequeño hotel donde me encontraba fue desalojado por completo. En pocas horas sacaron todo: camas, muebles, colchones, pertenencias. Lo que hasta la noche anterior era un lugar con personas, movimiento y puertas que se abrían y cerraban, quedó reducido a un cascarón vacío.

    El proceso fue abrupto. No hubo tiempo para comprenderlo con calma. Simplemente ocurrió.

    Cuando todo terminó, el lugar quedó deshecho 😿; un pasillo silencioso, la recepción vacía, objetos tirados y el letrero de “ABIERTO” aún encendido, como si no supiera que ya no había nada que abrir.

    Ese contraste es difícil de olvidar: un letrero anunciando que algo está abierto, cuando en realidad todo ha terminado.

    El edificio quedó en silencio. Los pasillos que apenas horas antes tenían vida se transformaron en un espacio desolado, lleno de restos y huellas de lo que había sido.

    Para mí fue una escena profundamente triste.

    No solo por el lugar, sino porque esos espacios —aunque modestos— terminan siendo refugio temporal de muchas personas que atraviesan momentos difíciles. ¿Ahora dónde me voy a quedar?

    Hoy, 16 de marzo, el contraste resulta todavía más fuerte.

    La ciudad está en ambiente festivo por el puente del natalicio de Benito Juárez. Hay movimiento en las calles, gente descansando, celebraciones propias del fin de semana largo.

    Pero mientras afuera se celebra, mi memoria sigue detenida en la escena de ayer: el pasillo vacío, la recepción abandonada y ese letrero encendido en medio de la nada.

    A veces la historia oficial se escribe con fechas solemnes y celebraciones nacionales.

    Pero también existe otra historia, mucho más silenciosa: la de los lugares que desaparecen de un día para otro y las personas que quedan tratando de entender lo que acaba de ocurrir.

    Esta es una de esas historias.

    Un Indigente Investiga

  • Día de la Constitución Mexicana

    La Constitución que hoy conocemos nació en 1917, como resultado del proceso histórico y social de la Revolución Mexicana.

    En ella se establecieron los principios y fundamentos que organizan la vida jurídica del país, reconociendo derechos, deberes y garantías que rigen la convivencia de las personas dentro del Estado mexicano.

    Como sabemos, en el año 2016 adelantaron el descanso por el día de la Constitución Mexicana «Lo Feriaron» dado que es el 5 de Febrero el día oficial pero, descansamos hoy lunes. Lo que tuvo su lado bueno pero también su terrible lado malo y que probablemente nos obligue a descansar día doble.

    Saludos a todas las personas que pasan a leer estas publicaciones, dejen su mensaje y su like.

  • Vivir en la calle mientras se construye una empresa…

    Vivir en la calle mientras se construye una empresa…

    Actualmente me encuentro en una situación de calle.

    No lo digo como consigna ni como provocación, sino como un hecho.

    Esta etapa no define mi trayectoria completa, pero sí forma parte de ella. Es un momento de transición en el que conviven dos realidades: la precariedad material y la construcción consciente de un proyecto profesional.

    Un Indigente Investiga nace precisamente desde ahí. Desde la observación directa, desde la experiencia de campo y desde la necesidad de documentar cómo operan las instituciones, cómo se vive la justicia —o su ausencia— y cómo se resiste con pensamiento crítico incluso en condiciones adversas.

    Al mismo tiempo, estoy en proceso de establecer formalmente una empresa de servicios profesionales. Este blog forma parte de ese camino: no como una vitrina idealizada, sino como un registro honesto de trabajo, análisis y aprendizaje.

    No escribo para pedir lástima ni para romantizar la carencia. Escribo para dejar constancia, para ordenar ideas y para compartir una mirada informada sobre realidades que suelen ignorarse o simplificarse.

    Este espacio se irá construyendo paso a paso.

    Con textos, con contexto y con responsabilidad.

    Un Indigente Investiga

    La Asunción de María. Guadalajara, Jalisco. 2025
  • 🎢 Acción, aventura y memoria. Crónica personal desde Guadalajara

    Un Indigente Investiga no siempre investiga delitos, archivos o omisiones institucionales.
    A veces investiga la memoria.

    En esta Navidad decidí volver a lugares que conocí antes de tener lenguaje para explicarlos. Espacios que visité cuando era niño, acompañado por quienes quise más que a nadie… aunque hoy, con la evidencia completa, sé que también me equivoqué miserablemente 😛.

    No recuerdo fechas.
    No recuerdo precios.
    No recuerdo compras.

    Recuerdo animales que no siempre tenían sentido.
    Recuerdo caminar durante horas.
    Recuerdo mirar más de lo que hablaba.

    Y recuerdo algo constante: no había dinero.
    Mi mamá casi nunca traía para extras. Nada de juguetes, nada de recuerdos materiales. Solo el recorrido, el calor, el cansancio y la experiencia.

    Hoy entiendo que eso también era un dato.

    El zoológico y el parque de diversiones no eran solo parques: eran los primeros escenarios donde aprendí a observar el mundo. A distinguir lo real de lo espectacular. A entender que no todo lo valioso se puede comprar, pero sí se puede registrar en la memoria.

    Las personas que me trajeron aquí ya no están.
    No solo porque crecí, sino porque murieron.
    Fueron mis primeros guías en el territorio de lo desconocido, incluso sin saberlo.

    Hoy regresé solo, en mi descanso de diciembre que ya termina.
    Regresé como adulto.
    Regresé como investigador.
    Regresé con la conciencia de que volver a un lugar también es una forma de revisión histórica personal.

    Me subí a los juegos.
    Sentí vértigo.
    Grité.
    Observé a la gente.
    Observé mis propias reacciones.

    Acción y aventura, sí.
    Pero también contraste, evidencia y cierre de ciclo.

    A este lugar le agradezco el momento que me regaló hoy.
    Por recordarme de dónde vengo.
    Por confirmarme que sigo aquí.
    Y por demostrarme que incluso el pasado, cuando se revisita con honestidad, puede convertirse en materia de investigación.

    Un Indigente Investiga
    Porque incluso los recuerdos, cuando se revisan con atención, dejan evidencia.

  • De niño de la calle a investigador.

    La primera evidencia que me salvó…

    Nadie me entrenó. No tenía uniforme, ni libreta, ni autoridad legal.
    Tenía hambre, coraje, y la certeza de que algo no estaba bien.
    Era un niño de la calle.
    Y, aunque eso me colocaba fuera del sistema, también me hacía libre para mirar lo que los demás no veían.

    Tenía apenas la primaria. No conocía el concepto de “cadena de custodia”, pero sí entendía lo que era una mentira. Sabía cuándo alguien ocultaba algo, y sabía que la basura hablaba más claro que muchas personas. Esa fue mi primera escuela de criminología: las calles, los restos, las palabras entrecortadas, los silencios incómodos.

    Una vez, encontré una prueba que nadie más quiso ver.
    Un detalle mínimo, insignificante para el resto, pero para mí era la pieza que explicaba por qué me habían querido hacer daño, por qué huíamos, por qué mi mamá no dormía tranquila.
    No lo entendí del todo en ese momento, pero lo guardé. No tenía una carpeta de investigación, tenía una bolsa de plástico con recortes, notas y papelitos doblados. Con eso inicié mi archivo personal.

    Años después, ya como adulto, comprendí el valor de esa evidencia.
    Era más que una pista: era un punto de partida.
    Me salvó la vida.
    Me recordó quién era y de dónde venía.
    Y me reafirmó que incluso cuando la sociedad me llamaba «indigente», yo ya era un investigador.

    Hoy, empiezo este blog no para que me crean, sino para que quede constancia.
    Porque la verdad no necesita permiso para ser dicha,
    solo alguien que no tenga miedo de buscarla.
    Y yo empecé a buscarla desde que no tenía nada.
    Desde que solo tenía mi instinto, mis ojos bien abiertos… y la calle como oficina.