La mañana del 15 de marzo de 2026, ayer, antes de las 8:00 de la mañana, ocurrió algo que todavía cuesta procesar.
El pequeño hotel donde me encontraba fue desalojado por completo. En pocas horas sacaron todo: camas, muebles, colchones, pertenencias. Lo que hasta la noche anterior era un lugar con personas, movimiento y puertas que se abrían y cerraban, quedó reducido a un cascarón vacío.
El proceso fue abrupto. No hubo tiempo para comprenderlo con calma. Simplemente ocurrió.
Cuando todo terminó, el lugar quedó deshecho 😿; un pasillo silencioso, la recepción vacía, objetos tirados y el letrero de “ABIERTO” aún encendido, como si no supiera que ya no había nada que abrir.
Ese contraste es difícil de olvidar: un letrero anunciando que algo está abierto, cuando en realidad todo ha terminado.
El edificio quedó en silencio. Los pasillos que apenas horas antes tenían vida se transformaron en un espacio desolado, lleno de restos y huellas de lo que había sido.
Para mí fue una escena profundamente triste.
No solo por el lugar, sino porque esos espacios —aunque modestos— terminan siendo refugio temporal de muchas personas que atraviesan momentos difíciles. ¿Ahora dónde me voy a quedar?
Hoy, 16 de marzo, el contraste resulta todavía más fuerte.
La ciudad está en ambiente festivo por el puente del natalicio de Benito Juárez. Hay movimiento en las calles, gente descansando, celebraciones propias del fin de semana largo.
Pero mientras afuera se celebra, mi memoria sigue detenida en la escena de ayer: el pasillo vacío, la recepción abandonada y ese letrero encendido en medio de la nada.
A veces la historia oficial se escribe con fechas solemnes y celebraciones nacionales.
Pero también existe otra historia, mucho más silenciosa: la de los lugares que desaparecen de un día para otro y las personas que quedan tratando de entender lo que acaba de ocurrir.
Esta es una de esas historias.
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Un Indigente Investiga
